Agosto, mes de la Solidaridad

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Ya comienza el mes de la SOLIDARIDAD.

¡Cuántas cosas pasan por nuestra mente! Las ayudas solidarias de todos los meses de cada curso en el colegio, los almuerzos solidarios, las campañas de la Iglesia, etc., etc.

Quizás lo que primero pensamos es ver con qué vamos a colaborar este año; o se nos viene a la mente el reclamo: ¡otra vez con este asunto de la solidaridad!; o quizás nos viene a la memoria aquel mendigo que vimos medio tirado en la calle pidiendo limosna y que nos conmovió el corazón; o los saltimbanquis que vemos en las esquinas de nuestra ciudad.

Nadie queda indolente o insensible ante esta palabra. Y mucho menos, ante la realidad de la pobreza de los pobres.

Puede que éste sea el momento de reflexionar nuevamente a partir del evangelio y de lo que nos remueve interiormente para hacernos el propósito de “purificar” nuestro corazón para dar mejor respuesta este año a este llamado de la iglesia y al llamado permanente de Jesús.

No hay solidaridad verdadera sin un cambio profundo del corazón.

No hay solidaridad sin un despertar a la realidad de la pobreza en nuestro entorno. 

Tantas veces pasamos inadvertidos por la vida, envueltos en nuestras propias preocupaciones que nos parecen ser más que suficientes.

No hay solidaridad sin la toma de conciencia del privilegio que gozamos los que tenemos todo para vivir con suficiente tranquilidad y a veces con holgura.

No hay auténtica solidaridad sin la fuerza interior, ese fuego que a veces nos mueve, que nos mantiene advertidos ante el dolor y la necesidad de los otros sabiendo, incluso, que no está a nuestro alcance ninguna solución verdaderamente definitiva.

¿Por qué caminos recorrer este año?

Podríamos probar primero por el camino de abrir los ojos. Es la toma de conciencia primera para cualquier movimiento del corazón.

Otro paso podría ser el de revisar nuestro closset y nuestras cuentas para ver si no hay algún nuevo paso de desprendimiento a favor de alguna persona o institución que lo necesite.

También podríamos revisar el corazón para ver cuánto nos conmueve el dolor, el frío, el hambre de los otros.

No hay solidaridad sin el amor que nace el corazón. Al estilo de Jesús que se entregó entero en solidaridad con toda la humanidad sufriente.

Quizás tengamos que revisar los criterios con que nos movemos en nuestra vida concreta. Sabemos que la invitación del Evangelio de Jesús va contra la corriente. En palabras del p. Esteban: “La solidaridad es el mundo al revés: el mundo dice "mío", "propiedad privada"; la solidaridad dice "tuyo", "de todos"; el mundo dice "compite"; la solidaridad dice "comparte".

Podría ser que tengamos que contentarnos con llevar a la oración nuestro auténtico anhelo de servir y solidarizar con ellos, los más pobres y sufrientes, agudizando nuestro anhelo de fraternidad y justicia.

Que el Señor nos ayude a no pasar inadvertidos este año, en  el mes de la SOLIDARIDAD. 

El recuerdo del padre Hurtado, San Alberto Hurtado, nos puede ayudar a ello.

 

José Vicente Odriozola G, Asesor Religioso SS.CC.

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